El Centro de Concepción: un buen ejemplo de lo que actualmente somos

Por Danny Monsálvez

Concepción fue una gran ciudad, Concepción fue cuna de grandes y respetados líderes sociales y políticos, Concepción fue la segunda ciudad más importante de Chile, Concepción fue (o quiso ser) contraparte a Santiago, Concepción fue un gran polo de desarrollo industrial, Concepción fue un centro de referencia intelectual y del pensamiento crítico, Concepción fue referencia histórica; es decir, Concepción fue, entonces ¿qué es Concepción al día de hoy?

Por otra parte, ¿cuál podría ser el lugar o espacio que signifique lo que es actualmente una ciudad, lo que simboliza el corazón de una urbe, tanto desde el punto de vista administrativo, comercial como histórico? Ello hay que responderlo entendiendo a la ciudad como aquel espacio de relaciones sociales donde confluyen las actividades más significativas de la sociedad y en el cual se concentran vivencias, identidades, conflictos, libertades y obviamente radican los centros de poder, entre ellos la administración central y la “elite” que toma las decisiones. Eso sí, no hay que perder de vista (y así debería ser) que son “todos” los habitantes quienes la caracterizan o le dan un determinado sello a la ciudad. En el fondo, existe una especie de conflicto y disenso entre la imaginación (utopía) de quienes comparten un mismo espacio (habitantes) y aquellos que están a cargo de la administración de la ciudad (alcalde y concejales).

En el último tiempo se tiende a destacar a Concepción por sus edificaciones, diversos proyectos inmobiliarios, mejoramiento de la conectividad y una que otra iniciativa comercial que vendría -al parecer- a constituir el “proyecto” (no confundir con identidad) de lo que quiere o busca ser Concepción como ciudad. Sin desconocer u omitir aquella mirada, existe (a mi juicio) un espacio o lugar que viene a representar lo que es una ciudad como punto de referencia, tanto en los hechos como de manera simbólica: el centro de la ciudad, no circunscrito a un mero lugar de paseo familiar, sino como aquel espacio de referencia  y trascendencia histórica y administrativa; es decir, el corazón y alma de la ciudad.

Para quienes transitamos con regularidad por el centro penquista, da la sensación que estuviéramos en presencia de una especie de mega servicio de “ofertones”, una mezcolanza de cosas y productos que exterioriza varios escenarios: en primer lugar el desorden y lo poco estético del espacio público; enseguida las infaltables calles y aceras en mal estado que se acrecentaron post-terremoto y constituyen toda una proeza al caminar; por supuesto las mentadas Tulipas como engendros arquitectónicos; el insufrible comercio ambulante que ofrece a los transeúntes y visitantes una cantidad de productos y artefactos que cualquier local o boliche de población lo quisiera, desde películas, DVD, gafas hasta vestimenta.

Allí mismo, además, se puede topar con una que otra delicia para degustar o “saciar” el hambre: completos, café, te, dulces (cachitos), anticuchos, vegetarianos y pancito amasado; qué decir de los multifacéticos cantantes, artistas y humoristas callejeros. Si aquel show en vivo y en directo no le es suficiente, puede contratar algún plan multiservicio de cable, Internet y teléfono; asimismo y aprovechando la proximidad de las grandes tiendas, puede adquirir a un bajo costo y sin mayores requisitos alguna tarjetas de crédito (con el descuento en la primera compra) de aquellas casas comerciales.

Obviamente no podemos dejar fuera a los “andantes” ensimismados en sus propios mundo y en un diálogo permanente con más de alguno de sus “amigos” imaginarios; las personas (discapacitadas, se supone) en el suelo apelando a la misericordia para conseguir alguna “monedita” y que por esas cosas que tiene el poder del dinero, algunas recuperan la movilidad y hasta sanan su invalidez en cosa de minutos u horas.

Así también, están aquellos iluminados que ofrecen la salvación eterna, interpelando hasta el paroxismo sobre el arrepentimiento o entonando a viva voz y ahora último de manera más sofisticada (con equipos amplificadores que hacen más grato el ambiente) algunas melodías divinas para “tocar” el corazón de quienes pacientemente los escuchan.

Es decir, se trata de todo un micromundo, donde pareciera imperar aquel que vocifera más fuerte, que posee mayor carisma y logran cooptar la mayor cantidad de incautos, pero (obviamente) con una carencia de contenidos y ausencia de ideas a niveles grotescos.

Por ello, una administración local que piensa proyectual e integralmente la ciudad, debe preocuparse no sólo de las edificaciones o conectividades, sino de cómo logra reencontrarse con todos sus habitantes en los espacios públicos, de cómo compatibiliza la administración, burocracia y posiciones personales de las autoridades, con los intereses de estos actores y sujetos que invaden el centro penquista, pero también y quizás aún más importante, con todas las expresiones individuales y colectivas que dan vivencia a la ciudad, incluso de aquellos que son sus visitantes.

Al parecer estamos insertos o seguimos siendo prisioneros de una especie de dualismo en cómo “concebir” el corazón de la ciudad, por un lado pensada bajo criterios tecnocráticos, que ve la solución en la cantidad de construcciones, estacionamientos y edificios comerciales, con lo cual se ve al ciudadano bajo las categorías de usuario y consumidor, y, por otra parte, aquel variopinto espectáculo que hemos descrito y que invade diariamente el centro de la ciudad, que concibe al ciudadano como un incauto que se deja embobar por el primero que le habla o lo primero que le ofrecen.

Sobre el autor: Danny Monsálvez Araneda es Doctor © en Historia, académico de Historia Política de Chile Contemporánea en el Depto. de Historia, de la Universidad de Concepción. Twitter: MonsalvezAraned