Giordano Bruno: ¿mártir de la ciencia o un hereje impenitente?

Por Hugo Jara

Monumento en homenaje a Giordano Bruno, erigido en el año 1889 y emplazado en Campo de Fiore (Roma), el mismo lugar en donde fue quemado vivo en la hoguera. Imagen original en http://www.ganciocielo.com/?p=285

En la madrugada del 17 de febrero del año 1600, hace ya más de 412 años, en las afueras de Roma fue quemado en la hoguera Giordano Bruno (Nola, 1548 – Roma,1600), un monje rebelde que pagó con su vida la osadía -y valentía – de cuestionar algunos dogmas religiosos, al defender un modelo cosmológico contrario al propuesto oficialmente por la Iglesia Católica.
En un texto anterior  (ver aquí)  ya  me había referido a Bruno y en aquella oportunidad señalaba que se trata de un personaje histórico atípico, ya que aunque posee admiradores y también  críticos de su vida y obra, resulta ser un perfecto desconocido para la mayoría de las personas. En las charlas y clases en donde lo menciono siempre hago el ejercicio de preguntar por él, y en contadas ocasiones alguien del público señala conocerlo.
Giordano fue sacerdote de orden de los Dominicos, recibió los hábitos siendo muy joven, pero su agudo intelecto lo hizo entrar rápidamente en conflicto con sus superiores. Fue excomulgado por criticar no sólo al modelo cosmológico de Aristóteles (aceptado por la Iglesia romana) sino por cuestionar dogmas fundamentales del catolicismo, como la virginidad de la Virgen María o la Santísima Trinidad.
Acusado de herejía, debió huir y el único lugar seguro en donde  podía estar a salvo del largo brazo de la Inquisición romana era el norte de Europa. Durante más de veinte años recorrió la mayoría de los países protestantes, enseñó en las principales Universidades europeas de entonces y escribió varios libros. Es unánimemente  reconocido como el principal  -y quizá el único-  intelectual que defendió públicamente el modelo heliocéntrico de Copérnico durante la segunda mitad del siglo XVI. Pero Giordano no sólo aceptó como válido el modelo del astrónomo polaco, sino que fue mucho más allá, al postular que el Universo es infinito, que cada estrella es como nuestro Sol.
En el año 1591, por razones que cuesta comprender, Giordano aceptó una invitación para acudir a Venecia, quizá confiado en la relativa libertad e independencia que la república del Véneto tenía de Roma. Pero su exceso de confianza le costó caro, ya que al poco tiempo de llegar fue arrestado por la Inquisición, iniciándose un largo proceso en su contra que concluyó con la condena  a la hoguera.  Dada su valía intelectual, desde el momento mismo de su suplicio Giordano se transformó para muchos en un mártir de la ciencia y la libertad de pensamiento, ya que por defender sus ideas y convicciones no vaciló en enfrentar con una entereza supra humana el más cruel de los destinos.
Sin embargo, actualmente la mayoría de los  historiadores cuestionan el otorgarle a Girodano Bruno el estatus de mártir de la ciencia ya que en esencia él no era un científico -tal como se le entiende hoy-, sino  una mezcla de  filósofo, místico y mago,  cuyo objetivo era lograr una síntesis entre milenarias creencias pre-cristianas, el catolicismo y el pensamiento hermético. Incluso, ya es aceptado que la condena a muerte de Bruno se debió fundamentalmente a su rechazo a ciertos dogmas de la iglesia, y no a sus múltiples especulaciones filosóficas que ahora interpretamos como divagaciones científicas.
Esta situación no es del agrado de los admiradores de Giordano, ya que en cierta forma se minimiza su importancia en el surgimiento de la ciencia, al asociar el motivo final de su sacrificio a aspectos exclusivamente teológicos. Sin embargo, hay algunos destacados epistemólogos que defienden su aporte pionero y visionario a la génesis del pensamiento científico moderno.
En esta línea, hace poco tuve la oportunidad de leer un excelente libro del doctor Hermes H. Benitez, titulado “Ensayos sobre ciencia y religión: De Giordano Bruno a Charles Darwin”,  Ril Editores, 2011.  Se trata de un compilación de ensayos que el Doctor Benitez ha publicado en el transcurso de los años en diferentes medios escritos, y en los cuales aborda el siempre controvertido enfrentamiento entre ciencia y religión.
En el primer capítulo del libro, titulado “Giordano Bruno, precursor de la ciencia moderna”, el autor analiza en profundidad esta controversia y logra arrojar algo de luz respecto del verdadero papel que este pensador renacentista jugó en la síntesis intelectual que derivó en la ciencia  moderna. El Dr. Benitez señala que aunque es ampliamente aceptado entre los especialistas que es inadecuado atribuir al pensamiento de Bruno un carácter científico, pero tampoco se debe desconocer que en el surgimiento y consolidación del pensamiento racional moderno confluyeron múltiples líneas intelectuales, entre ellas la  metafísica y la filosofía.
Y es aquí en donde, según los argumentos del Dr. Benitez, el aporte de Giordano Bruno es incuestionable, ya que sus ideas novedosas y muchas veces revolucionarias ayudaron a preparar el terreno para la irrupción de las nuevas ideas científicas que llegaría de la mano de personajes como Galileo Galilei, Johannes Kepler, René Descartes e Isaac Newton. Según el autor, fue gracias a Giordano que “la ciencia moderna pudo llegar a constituirse como tal, gracias a que encontró el terreno abonado, por un lado, por la crítica filosófica que éste hizo de la ciencia aristotélica-medieval, y por otro, por su teoría metafísica alternativa acerca del Universo y el lugar del Hombre dentro de él”.
Quizá lo más relevante y trascendente de su pensamiento fue el proponer un Universo infinito y acentrado. Al respecto, Bruno señalaba que el espacio y el universo son infinitos, y existe una infinidad de mundos análogos al nuestro….. El solo constatar que estas ideas, que nos parecen tan modernas, fueron enunciadas hace más de cuatrocientos años, dan cuenta del portento intelectual de Giordano, situación que lo pone a la altura de los más grandes pensadores de todos los tiempos.
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