¿Para qué sirve un cartel de propaganda?

Por Tito Matamala

Imagen de www.municipioiquique.cl

De nuevo usted disculpe mi ignorancia, pero no conozco un estudio serio que – a estas alturas de la historia nacional – demuestre la injerencia de la propaganda electoral en la decisión de las personas. ¿Cuál será el sustrato semiótico para suponer que un ciudadano común, ajeno a los embates partidarios, cambiará su intención de voto de acuerdo a la cantidad de carteles que vea en la calle? Mientras más rostros del candidato X en las veredas, en los muros y en la prensa, más posibilidades de triunfo. Mientras más gigante la gigantografía, más posibilidades de llegar a la alcaldía. ¿Será así?

Hace exactamente veintidós años la propaganda electoral nos resultaba novedosa: había sucumbido una generación entera de chilenos sin saber qué diablos era el cuento de la democracia, y las caras sonrientes de los zutanos candidatos parecían afiches de estrenos de cine. Hasta objetos de colección, después de una noche tan larga de receso político. Hoy sólo caben en la categoría de molestosa basura, contaminación visual, derroche de materiales, reciclaje para cartoneros.

Salvo por el fotógrafo que sabe iluminar el rostro para borrar papadas y ojeras, que suda para conseguir una risita medianamente sincera del señor candidato, me parece que todas las demás decisiones en los comandos de campaña recaen en una manga de fanfarrones idiotas que jura manejar conocimientos científicos a fin de llevar a su hombre al poder. Después de buscar una frase que intente ser pegajosa, después de dirimir si fulano sale con/sin el brazo en alto y con/sin la sonrisa de hiena, los llamados expertos recurren a la única alternativa que les sale natural: la saturación, hay que pavimentar las calles con la iconografía del elegible.

Y vuelvo al principio, es que para mí es una interrogante crucial, casi como saber si hay otras formas de vida en el universo. Imagínese caminando por la calle Diagonal, en donde se topa de repente con el descomunal lienzo de un candidato. Usted dirá algo así como “ah, caramba, de verdad ese fulano tiene razón, es bonito (o bonita), se le nota su vocación de servicio público, así que voy a votar por él. Además, qué chori su eslogan”. ¿Será así de sencillo el arrastre de votos?

Debo conceder que para estas elecciones se evidencia una disminución de la cochinada en las calles, al menos en mi barrio de Chacabuco (en Concepción), y que – quizás por qué error logístico – se ha respetado la mayoría de los postes, los jardines y los semáforos. Pero ello no obsta que el eslabón final de la ciencia electoral dependa de una tropa de pungas y flaites asalariados por cada comando de campaña, y que en la calle ponen y sacan letreros, eluden la fiscalización de la policía para que no tapen la visual de los automóviles, los cuidan durante el día como si fuesen rebaños en pastoreo, y se los llevan por la noche a quizás qué corrales.

Más que estrategias de campaña, los carteles suelen revelar estratagemas urdidas con un dedo de frente, o menos.